La Bretaña francesa es una zona con pueblos cuquis de piedra, casitas de entramado de madera, castillos medievales, puertos llenos de encanto, ríos navegables, restos de la prehistoria y paisajes preciosos de mar. Además, la gastronomía bretona es espectacular, con crêpes, marisco y dulces. Incluso nos desplazamos hasta Normandía únicamente para visitar el Mont Saint-Michel, una de las grandes joyas del viaje. Si estas buscando información para preparar un viaje a la Bretaña francesa, sigue leyendo porque en este articulo encontrarás toda la información de que ver en la Bretaña francesa en un itinerario de siete días en coche con niños, cruzando la región de sur a norte visitando lugares imprescindibles como Vannes, Rochefort-en-Terre, la Costa de Granito Rosa o Dinan.

Itinerario del viaje a la Bretaña francesa con niños
Abarcar toda la región de la Bretaña en Francia es absolutamente imposible, sobre todo si tan solo dispones de siete días como nosotros. Marcamos en el Google Maps los sitios que más nos llamaban la atención y trazamos una ruta circular en coche saliendo de Nantes, visitando el sur de la Bretaña y luego el norte, para volver otra vez a Nantes.
Por si te sirve de inspiración a la hora de diseñar tu viaje, este fue el itinerario de hicimos en la Bretaña francesa:
- Día 1. Pueblos con encanto en el sur de la Bretaña: La Gacilly, Rochefort-en-Terre y Vannes
- Día 2. Megalitos, pueblos y costa en el sur de la Bretaña: Auray, Saint-Cado, alineamientos de Carnac, península de Quiberon
- Día 3. Casas de entramado, arte y mirador en la Bretaña norte: Josselin, parque de esculturas de Kito Antoine, mirador Pointe de Bilfot
- Día 4. Ruta por la Costa de Granito Rosa
- Día 5. Fortaleza y pueblos medievales en la Bretaña norte: Fort La Latte, Dinan
- Día 6. Ostras en Cancale y visita a Mont Saint-Michel
- Día 7. Últimas visitas antes de volver: Fougères y Nantes
👉 Aquí encontrarás información práctica para preparar el viaje a la Bretaña francesa: cómo llegar, dónde reservar el coche, los alojamientos donde nos hospedamos, el tiempo, el presupuesto, la comida y otros consejos útiles para organizar la ruta en coche.
Qué ver en el sur de la Bretaña francesa
La Gacilly: el pueblo bretón de Yves Rocher
La Gacilly está estrechamente ligada a Yves Rocher, que nació aquí. Puedes visitar la tienda y la Maison Yves Rocher, un espacio museístico donde se disfruta de una experiencia inmersiva de unos 45 minutos y que además cuenta con restaurante. A las afueras se encuentra el jardín botánico, con más de 1.500 especies. La Gacilly es un pequeño pueblo junto al río Aff, donde navegan barquitas y los puentes de de flores conectan ambas orillas. Sus talleres artesanos y calles cuidadas le dan un encanto especial. En verano, además, se transforma con el Festival Photo La Gacilly, una gran exposición de fotografía al aire libre que llena fachadas y plazas de fotografías, algunas en formato gigante. Nosotros estuvimos en 2025 y, por casualidad, la temática estaba dedicada al Reino Unido.

Rochefort-en-Terre: uno de los pueblos más bonitos de la Bretaña francesa
Rochefort-en-Terre es considerado uno de los pueblos más bonitos de la Bretaña francesa y, cuando paseas por sus calles empedradas llenas de flores, entiendes perfectamente por qué. Lo mejor es aparcar en la pl. Saint-Michel, a unos cinco minutos a pie del centro, donde hay una amplia zona de estacionamiento de pago.
La calle principal que debes recorrer es la Saint-Michel, que más adelante pasa a llamarse du Porche y des Scourtets. Es la vía más animada del pueblo; allí puedes hacer una parada en la Crêperie et Glacier La Terrasse para tomar un helado. Después encontrarás la Plaza de las Halles y el histórico Café Breton, abierto desde 1818 y considerado uno de los más antiguos de Europa. Más adelante aparece la Place du Puits, la más emblemática y fotografiada, con su pozo en el centro. Aquí puedes comprar el típico kouign-amann, el delicioso pastel bretón de mantequilla. Hay muchas tiendas con productos locales; fue aquí donde probé la mantequilla de caramelo salado y ya no pude dejar de comerla, en todas sus versiones y durante el resto del viaje.

Al final de la calle, desvíate a la derecha y atraviesa un portal de piedra en ruinas que conduce al Castillo de Rochefort-en-Terre. El interior no se puede visitar, pero sus jardines son de acceso libre y merecen mucho la pena. También puedes entrar en el Naïa Museum, dedicado al arte fantástico y la ciencia ficción. Y no te pierdas la iglesia de Notre-Dame-de-la-Tronchaye, otro de los rincones con encanto de Rochefort-en-Terre.
Dónde comer en Rochefort-en-Terre
Para comer, nosotros lo hicimos cerca del aparcamiento de la plaza Saint-Michel, en el restaurante Freine le Temps. No fue el mejor restaurante en el que comimos en la Bretaña francesa, pero la experiencia fue muy buena: la camarera fue súper amable y, aunque nos costó un poco comunicarnos (mi marido se pidió salchichón pensando que eran unas salchichas), acabamos echándonos unas risas. Además, nos hicieron un hueco en la terraza para los siete que éramos, algo que siempre se agradece cuando viajas en grupo.
Otros lugares qué ver en los alrededores de Rochefort-en-Terre
Si tienes más días y viajas con niños, en los alrededores de Rochefort-en-Terre encontrarás otros planes:
- Moulin Neuf Aventure: un espacio ideal para pasar el día en familia, con karts, hidropedales en el lago y una ruta circular de unos 6 km perfecta para pasear o ir en bici.
- Piscine Beau Soleil (en Questembert): buena opción si llueve, con piscina cubierta y zona acuática para relajarse o divertirse un rato.
- Tropical Parc: uno de los parques tropicales más grandes de Europa, con jardines exóticos y loros, muy curioso para visitar con niños.
- La Ferme du Monde: un parque de animales donde ver especies de diferentes continentes.
Vannes: donde las casas de entramado se tocan
Vannes es famosa por su casco antiguo lleno de casas de entramado de madera y por su muralla medieval. Fue la primera capital de Bretaña francesa y hoy es la quinta ciudad más grande de la región y la más importante del golfo de Morbihan. Nosotros dejamos el coche en el aparcamiento subterráneo de pago que hay en el puerto deportivo, justo antes de entrar al centro histórico.
Desde la animada Place Gambetta, llena de bares con terraza, se accede al casco antiguo cruzando la Porte Saint‑Vincent. Seguimos por la calle principal hasta la Place des Lices, la plaza del mercado, donde se encuentra uno de los mercados cubiertos más antiguos de la Bretaña francesa. Desde allí nos desviamos hacia la izquierda por la Rue Bienheureux Pierre René Rogues, donde está uno de los lugares más famosos de la ciudad: la casa “Vannes et sa femme”, una curiosa casa de entramado del siglo XVI con dos figuras esculpidas en la esquina que probablemente fue una antigua posada y que hoy alberga un restaurante.

Place Henri IV: el rincón más bonito de Vannes
Continuamos por la Rue des Halles hasta enlazar con la Rue Saint-Salomon, llena de callejuelas adoquinadas y casas de entramado de colores. Después nos desviamos a la derecha hacia la Place Henri IV, para mí el rincón más bonito de Vannes, donde dos casas de entramado parecen casi tocarse. Allí mismo está la Catedral de San Pedro de Vannes, construida sobre una antigua iglesia románica que fue atacada por los vikingos. Frente a ella se encuentra el Musée des Beaux-Arts La Cohue.
Continuamos el paseo por Vannes desviándonos por la Rue Saint-Guenhaël, una de esas calles estrechas y con mucho encanto del casco antiguo. Seguimos por esta calle hasta llegar a la muralla por la Porte Prison, una de las antiguas puertas de acceso a la ciudad. Subimos a las murallas y desde arriba vimos los preciosos Jardin des Remparts y, un poco más allá, los jardines del Castillo de l’Hermine. Nos quedamos con ganas de bajar y pasear por ellos, pero ya no nos dio tiempo.
Dónde comer en Vannes
Así que bajamos de las murallas y nos fuimos a cenar a uno de los sitios que habíamos visto durante el paseo por Vannes, la Crêperie Les Joséphine, donde probamos nuestras primeras galettes del viaje, una especie de crêpes de trigo sarraceno rellenas con todo tipo de ingredientes, dulces o salados. También probamos otra bebida típica de la región, la sidra, aunque esa no nos convenció tanto.
Excursiones en barco por el golfo de Morbihan desde Vannes
Si te apetece disfrutar del mar en Vannes, una de las actividades más recomendables y más económicas es hacer un paseo en barco por el golfo de Morbihan. Hay cruceros con parada en las islas de Belle-Île-en-Mer, Hoëdic, Houat o Île-aux-Moines. También puedes alquilar un kayak y recorrer por tu cuenta el golfo de Morhiban.
Auray: un pueblo marinero de la Bretaña francesa
Auray es un encantador pueblo marinero de la Bretaña francesa donde su puerto parece sacado de una postal. Fuimos sin demasiadas expectativas y nos encantó, quizá porque coincidimos con lunes, día de mercado, y el casco antiguo estaba lleno de paradas de comida, ropa y artesanía. Es un mercado enorme y muy animado. Allí compramos unos salchichones riquísimos de sabores y caramelos de mantequilla salada, y nos quedamos con ganas de llevarnos también camisetas de rayas azules que parece que sea algo típico.
El muelle Franklin de Auray
Nosotros aparcamos en el Puerto de Saint-Goustan, conocido como el muelle Franklin. Se llama así porque en 1776 Benjamin Franklin desembarcó aquí tras ser desviado por el viento cuando viajaba hacia Nantes para pedir a Francia su apoyo a las colonias americanas en la guerra de independencia de Estados Unidos. En esta callejuela hay un mural enorme con la cara de Franklin. Hoy este puerto, lleno de barquitas y restaurantes con terraza, es uno de los rincones más bonitos del pueblo. Lo atraviesa el río Loch y es la parte más tranquila de Auray, con un pequeño barrio de casas de piedra donde se encuentra la Église Saint-Sauveur, que guarda una curiosa barca roja colgada a modo de exvoto.

Para ir al centro hay que cruzar el puente medieval de piedra y subir por una rampa hacia la parte alta del pueblo, donde antiguamente estaban las murallas y la fortaleza. La subida es un poco intensa, pero arriba hay un mirador precioso con una de las mejores vistas del puerto de Auray. Desde allí puedes continuar hacia la Place de la République, donde se encuentran el ayuntamiento y el mercado. Sigue hasta la Église Saint-Gildas, y luego hasta la Place aux Roues, la Rue du Belzic y la Rue du Château, una calle llena de talleres de artistas y pequeñas tiendas con mucho encanto. Y llegarás otra vez al puerto de Auray, completando así un paseo para ver lo más representativo.
Saint-Cado: la diminuta isla de la Bretaña francesa
A Île de Saint-Cado fuimos casi de casualidad. En nuestro alojamiento había una revista de turismo de la zona y vimos la foto de un islote diminuto unido a tierra por un puente de piedra… y al día siguiente decidimos ir a descubrirlo. Nosotros aparcamos gratis en la calle Pl. Dran er Le y no tuvimos ningún problema para encontrar sitio, porque no es un lugar demasiado turístico. Antes de llegar al islote pasarás por el pequeño muelle de pesca y seguramente te llamará la atención una casita en medio del agua, con persianas azules, situada en el islote rocoso de Nichtarguer. Conocida como la casa de las ostras, fue en su día el hogar del guardián de un criadero de ostras. La vista de la ría tan tranquila, con la casita en medio, es súper fotogénica.
Luego puedes dirigirte al islote cruzando el puente de piedra a pie, ya que por aquí no pueden pasar coches. Cuenta la leyenda que los habitantes de la isla querían un puente y que un día recibieron la visita de Satanás, quien ofreció construirlo a cambio del alma del primer ser vivo que lo cruzara. Aceptaron el trato y el Demonio levantó el puente en una sola noche… pero por la mañana Saint-Cado hizo cruzar primero a un gato, engañando así al diablo.


Dónde comer en Saint-Cado
Ya te aviso de que la isla es diminuta y se recorre en media hora, por un camino circular. Hay unas pocas casas de pescadores, una pequeña capilla románica y una fuente muy bonita que queda sumergida cuando sube la marea. Nosotros llevábamos comida y aprovechamos para comer allí, junto a la fuente, aunque debes tener en cuenta que no hay mesas de picnic, solo algunos bancos. Mientras paseas verás también los criaderos de ostras en la ría de Étel. Después fuimos a tomar el postre al restaurante Madame Mouette, que tiene una fantástica terraza con vistas a la isla y a la casita deshabitada. Allí probamos una crêpe de mantequilla con caramelo salado espectacular y unas copas de helado para terminar la visita.
Alineamientos de Carnac: prehistoria en la Bretaña francesa
Los Alineamientos de Carnac es uno de los lugares más sorprendentes que ver en la Bretaña francesa. Este yacimiento arqueológico alberga una de las mayores concentraciones de monumentos megalíticos del mundo, con más de 3.000 menhires levantados entre el 5000 y el 3000 a. C. A día de hoy, todavía se desconoce su función exacta y siguen rodeados de misterio.
Los alineamientos de piedras se distribuyen en varias zonas. Las más conocidas son Le Ménec, Kermario y Kerlescan, situadas muy cerca unas de otras y bien conectadas por carretera. Hay varios aparcamientos para ir viendo los distintos conjuntos megalíticos. El más grande es el de la Maison des Mégalithes, desde donde se puede ver los alineamientos de Le Ménec, uno de los conjuntos más grandes con 1.099 menhires alineados. Si vais con niños o no os apetece caminar demasiado, hay un pequeño tren turístico y un autobús descapotable, bastante bien de precio, que recorren la zona de los alineamientos mientras escuchas explicaciones con audioguía en español. También puedes visitar el museo la Maison des Mégalithes desde donde hacen visitas guiadas.

Alineamientos de Kermario
Nosotros aparcamos aquí para visitar los alineamientos de Kermario, con 982 menhires distribuidos en 10 hileras. Justo al lado también se puede ver el Dolmen de Kermario. La zona está vallada y no se puede acceder libremente a las piedras, aunque se ven perfectamente desde fuera. Aun así, impresiona mucho ver tantas piedras enormes colocadas en filas y pensar cómo las transportaron hasta ahí, Mientras estábamos allí vimos pasar ovejas entre las piedras y la imagen nos pareció muy curiosa.
También fuimos hasta el Gigante de Manio, un menhir solitario de 6 metros de altura, el más grande de la zona, al que se llega por un agradable sendero que pasa junto a una hípica (ubicación del aparcamiento). La verdad es que nos decepcionó un poco porque también está vallado y no puedes acercarte demasiado. El lugar que más nos gustó fue el Túmulo de Kercado. Está en medio del bosque y se puede entrar al interior de la cámara funeraria, que está muy bien conservada. Podéis aparcar aquí, aunque ten en cuenta de aparcar bien porque estás dentro de una propiedad privada.
En esta zona hay muchísimos lugares prehistóricos para visitar: túmulos, alineamientos de piedras, menhires y dólmenes. Está literalmente lleno de yacimientos megalíticos. También podéis visitar el Museo de Prehistoria de Carnac y la playa de Carnac, que dicen que es muy bonita.
Península de Quiberon: playas vírgenes en la Bretaña francesa
A medida que nos acercábamos a la península, el paisaje cambiaba. Empezó a soplar un aire más fuerte con arena y, al entrar, vimos muchas autocaravanas aparcadas frente a la playa. Nosotros solo visitamos una zona, pero nos quedamos con ganas de más. Lo que encontramos fue un paisaje de playa salvaje, sin gente, sin chiringuitos ni parasoles. Solo el mar frío del Atlántico, arena fina, viento y acantilados. Naturaleza en estado puro. Nuestro objetivo era llegar al arco de la playa de Port-Blanc, así que aparcamos aquí y empezamos a caminar por un sendero entre dunas. Por equivocación llegamos hasta la Pointe du Percho, unas ruinas de un antiguo puesto de aduanas en el borde del acantilado, con indicaciones en el suelo de las islas del frente. No nos importó equivocarnos porque las vistas son una maravilla.
Tuvimos que desandar el camino para encontrar por fin la ruta hacia el arco de Port-Blanc, una formación de piedra por la que, al atardecer, los rayos del sol atraviesan el hueco. Ten en cuenta que hay que bajar por unas escaleras con bastante desnivel. Ahí estuvimos un rato, metiendo los pies en el agua y disfrutando de la playa en soledad. El mejor punto y final para un día estupendo visitando lugares de la Bretaña francesa.

Nosotros ya no tuvimos tiempo de ver mucho más, pero si vas con calma, dicen que merece la pena visitar las playas de Port Rhu y Port Bara. En Quiberon también puedes dar un paseo por el bulevar que bordea la costa, ir centro de talasoterapia o hacer actividades acuáticas.
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Josselin: pueblo medieval con un castillo y un río
Josselin es un pueblo medieval a orillas del río Oust, un río navegable que va de Nantes a Brest, donde vimos barcas grandes recorriendo el cauce. Para aparcar, te recomendamos hacerlo en esta zona gratuita en la rue du Canal, para poder ver el río. Sigue caminando hasta el puente Pont de Sainte-Croix, lleno de flores, donde están las mejores vistas del castillo de Josselin. El castillo de Josselin alberga un museo de muñecas y juguetes con una de las colecciones privadas más importantes de Francia. La visita es guiada o audio-guiada (hay visitas en español en julio y agosto) y no se accede a todas las salas, ya que sigue siendo un castillo habitado. Nosotros no entramos porque no nos dio tiempo, ya que íbamos de ruta en coche hacia la parte norte de la Bretaña francesa y cambiábamos de alojamiento ese día.

La calle más bonita de Josselin
El punto neurálgico del pueblo es la Place Notre-Dame, donde hay restaurantes y tiendas de souvenirs. Desde allí se llega a la calle Olivier de Clisson, con varias casas de entramado. La calle más bonita de Josselin es la Rue des Vierges, con casas de distintos colores que son una preciosidad. Aquí también se encuentra la casa de entramado de madera más antigua de Josselin, datada de 1538, que en su día sirvió de modelo para otras construcciones medievales del pueblo. Al final de esta calle, y detrás de la basílica de Notre-Dame du Roncier, encontrarás la entrada para subir a su campanario, de 60 metros, a través de una escalera de caracol con 138 peldaños. La entrada cuesta unos dos euros y desde arriba hay muy buenas vistas del castillo y del pueblo.
Otro plan que puedes hacer en Josselin es pasear junto al río Oust. El camino empieza en la esclusa, donde también se pueden alquilar barcas eléctricas. A partir de ahí, el sendero se extiende varios kilómetros y por lo visto es un camino muy agradable para caminar o ir en bicicleta. También puedes acercarte al parque Bois d’Amour, un espacio verde en Josselin.
Qué ver en el norte de la Bretaña francesa
Kito Antoine
Nuestro segundo alojamiento en la Bretaña francesa, ya en el norte de la región de Guingamp-Baie de Paimpol, estaba en Plouézec. Como llegamos por la tarde, después de comer en Josselin, aprovechamos para visitar dos lugares cercanos que nos parecieron interesantes. No te recomendaría ir expresamente hasta allí, pero si estás por la zona sí merecen una parada.
El primero fue el parque de esculturas de Kito Antoine, un escultor que ha convertido el gran jardín de su casa en una exposición al aire libre con vistas al mar. La entrada es gratuita y puedes pasear libremente entre más de una veintena de esculturas de madera y piedra. Encontrarás obras abstractas con formas humanas, incluyendo figuras con pechos o penes, siempre dentro de un enfoque artístico. También hay un columpio enorme colgado de los árboles. Es uno de esos lugares diferentes que descubres por casualidad durante un viaje y que recuerdas precisamente por lo inesperado que resulta.
Pointe de Bilfot
Por la misma carretera llegas a la Pointe de Bilfot, un mirador con unas vistas espectaculares de la bahía de Paimpol. Está situado sobre un acantilado de origen volcánico desde donde se divisan los islotes de Mez Goëlo y Petit Mez, así como el faro de Ost-Pic marcando la entrada de la bahía. También se conserva un antiguo búnker de la Segunda Guerra Mundial. Nosotros fuimos al atardecer y las vistas eran preciosas, una buena manera de finalizar el día en la Bretaña francesa.


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Pontrieux: el pueblo bretón de los lavaderos
Conocido como la Venecia del Trégor, Pontrieux es un pequeño pueblo atravesado por el río Trieux, donde es habitual ver gente recorriéndolo en kayak o en barca. Su principal atractivo son los cerca de 50 lavaderos privados del siglo XIX que se conservan junto al río, muchos de ellos decorados con flores, maniquíes y ropa tendida para recrear cómo eran antiguamente. Cada familia burguesa tenía su propio lavadero. Nosotros nos llevamos una pequeña decepción porque pensábamos que se podían alquilar barcas y recorrer el río por libre para ver los lavaderos. Pero no es así. La visita se realiza en una barquita eléctrica con guía, que va explicando en francés la historia de los lavaderos. Esta es la ubicación del embarcadero de donde salen las barcas y comprar las entradas.

Aun así, merece mucho la pena visitar Pontrieux aunque no subas a la barca. Puedes pasear por la rue Saint-Yves y buscar la casa más bonita de Pontrieux, una vivienda del siglo XVI conocida como la «Maison de la Tour Eiffel«. También te recomendamos recorrer la rue du Quai y caminar junto al río. Allí verás la bonita Passerelle du Moulin du Richel, adornada con flores, y el viaducto ferroviario que cruza el valle. Si tienes más tiempo, puedes acercarte a los Jardins de Kerfouler o subir al tren turístico de vapor que une Paimpol y Pontrieux, una forma diferente de descubrir esta zona de la Bretaña francesa.
Costa de granito rosa: formaciones rocosas de formas únicas
La Costa de Granito Rosa no os la podéis perder en un viaje a la Bretaña francesa. Es una zona repleta de enormes rocas redondeadas de color rosado y formas caprichosas, esculpidas por el viento, la lluvia y el mar durante millones de años. Estas formaciones se crearon hace unos 300 millones de años y sorprenden tanto por su tamaño como por su color. Lo más curioso es que este tipo de granito solo existe en tres lugares del mundo: Córcega, China y Ploumanac’h, en la Bretaña francesa. Hay muchísimos lugares para descubrir, pero nosotros visitamos tres en una sola jornada.
Excursión fácil en la Île Renote
Empezamos el día en Trégastel, donde aparcamos el coche aquí para recorrer a la península de Île Renote. Antes de empezar la ruta, fuimos a comer unas hamburguesas al restaurante BON DEH Trégastel para tener contentos a nuestros adolescentes. Desde allí nos dirigimos a la playa de Coz-Pors, donde ya empiezan a aparecer las primeras formaciones rocosas que te dejan con la boca abierta.
La Île Renote es, en realidad, una antigua isla unida a tierra firme. Aquí se puede hacer una ruta circular de unos 3 kilómetros siguiendo parte del sendero de los aduaneros o GR-34. Es una ruta muy fácil, perfecto para hacer con niños, que combina playas prácticamente sin nadie y enormes bloques de granito rosa con formas muy curiosas. Lo que más nos impresionó fueron los colores del paisaje: el azul intenso del mar, el verde de las algas y el rosa de las rocas. Todo el conjunto es increíblemente fotogénico.
A lo largo del recorrido irás encontrando algunas rocas con nombres propios, como el Dado, un gran bloque de granito con forma de cubo; la Paleta del Pintor, una roca con un agujero en medio; la Pila de Panqueques o la Pinza del Cangrejo. Dar la vuelta completa a la península de Renote lleva aproximadamente una hora, aunque nosotros tardamos bastante más porque nos parábamos continuamente a hacer fotos.



Si quieres descubrir la Costa de Granito Rosa desde otra perspectiva, puedes apuntarte a esta ruta guiada en bicicleta eléctrica con un guía local. Además, incluye una degustación de productos de la zona, una forma diferente de conocer este espectacular rincón de la Bretaña francesa.
Faro de Mean Ruz en Ploumanac’h
El segundo lugar que visitamos en la Costa de Granito Rosa fue el faro de Mean Ruz, uno de los símbolos más reconocibles de Perros-Guirec y de la toda la Costa de Granito Rosa. Marca la entrada al puerto de Ploumanac’h y destaca por su construcción en granito rosa local, lo que hace que se funda con el paisaje de rocas que lo rodea.
La visita es muy sencilla. Aparcamos en este parking de pago con aseos y seguimos a pie parte deel Sentier des Douaniers (GR-34), el antiguo camino de los aduaneros que recorrían la costa para vigilar el contrabando. El recorrido es corto y agradable. En el camino se pasa por la cala de Porz-Kamor y, muy cerca, está la Maison du Littoral, un pequeño centro de interpretación sobre la Costa de Granito Rosa que puedes visitar de forma gratuita. El faro es muy fotogénico, sobre todo al atardecer, con las rocas rosadas y el mar de fondo. No se puede visitar por dentro, pero el entorno compensa con creces la parada.

Castel Meur: la casa más famosa de la Costa de Granito Rosa
Acabamos el día visitando Castel Meur, también conocida como Maison du Gouffre, uno de los lugares más fotogénicos de Plougrescant en la Costa de Granito Rosa. Es una pequeña casa construida entre dos grandes rocas de granito como refugio frente a los temporales. No se puede acceder a la propiedad, algo que se indica al inicio del camino. Pero no te preocupes, porque la mejor imagen se obtiene desde la laguna que hay delante, donde la casa se refleja en el agua.
Para llegar, puedes aparcar en este aparcamiento de pago con mesas de picnic y aseos, junto a la Maison du Littoral, que cuando fuimos estaba cerrada. Desde allí se llega en pocos minutos a la laguna con vistas a Castel Meur. Pero no te quedes solo ahí. Sigue caminando hasta el paraje del Gouffre, una gran hendidura natural entre formaciones de granito en el mar. También hay una playa cercana, donde solo vimos a dos personas. Otro lugar muy recomendable de la Bretaña francesa, con muy poca gente, seguramente porque ya era tarde.

Otros lugares que puedes visitar en esta zona son el parque de las esculturas Christian Gad et Daniel Chée, con una veintena de obras contemporáneas realizadas en granito rosa, y el oratorio de Saint-Guirec, situado junto a la playa. Cuenta la tradición que las jóvenes que querían casarse debían clavar un alfiler en la nariz de la estatua de Saint-Guirec. Si el alfiler aguantaba una marea entera, se casarían antes de un año. Con el paso del tiempo y tantos intentos, el santo acabó perdiendo la nariz.
Si viajas con niños, también puede ser una buena idea acercarte al Port Miniature, un pequeño puerto donde pueden conducir barcos eléctricos en miniatura.
Fuerte la Latte o el Château de la Roche Goyon
El Fuerte La Latte, también conocido como Château de la Roche Goyon, está situado en la llamada Costa Esmeralda, sobre un acantilado que durante siglos se consideró el fin del mundo. Fue una de las visitas que más nos sorprendió del viaje. No esperes un castillo con grandes salas decoradas, porque lo que hace especial a este lugar es su ubicación y las espectaculares vistas sobre el Atlántico.
Hay un gran aparcamiento gratuito y, desde allí, debes caminar unos 10 minutos por un sendero ancho. Durante el recorrido pasarás junto al conocido menhir de Gargantúa, un menhir asociado a varias leyendas bretonas. Poco a poco irás viendo aparecer el Château de la Roche Goyon sobre el acantilado, una imagen espectacular. Tras comprar la entrada en la taquilla (no se pueden comprar por la web), sigue descendiendo hasta el castillo. La visita se realiza por libre y suele llevar alrededor de una hora. Ten en cuenta que no se visita entero porque es un castillo habitado. En el interior del Fort La Latte encontrarás varios elementos que suelen gustar mucho a los niños, como una enorme ballesta, una catapulta, armaduras y cañones.
Fort la Latte, un castillo de película
También hay una sala dedicada a las películas rodadas aquí, entre ellas Los Vikingos, protagonizada por Kirk Douglas y Tony Curtis. Lo más impresionante es subir hasta la torre del homenaje. Desde arriba se disfrutan unas vistas espectaculares de la Costa Esmeralda, la bahía del Mont Saint-Michel, la isla de Bréhat e incluso, en días muy despejados, de la isla de Jersey. Cuando estás allí arriba entiendes perfectamente por qué esta fortaleza fue tan difícil de conquistar. Eso sí, suele hacer bastante viento.

Ten en cuenta que la visita al Fort La Latte incluye muchas escaleras y desniveles, por lo que no es recomendable para personas con movilidad reducida ni para carritos de bebé. Los perros son bienvenidos y pueden acceder al recinto.
Si tienes más tiempo, puedes recorrer el sendero costero GR34 entre el Fuerte La Latte y el cabo Fréhel, una ruta de unos 10 kilómetros que bordea los acantilados y que tiene fama de ser una de las más bonitas de la Bretaña francesa. En el cabo Fréhel se encuentra un faro visitable y la reserva natural de la Fauconnière, el único lugar de Francia donde pueden observarse al mismo tiempo tres tipos diferentes de aves.
Dónde comer cerca del Fuerte la Latte
Para comer, puedes aprovechar las mesas de pícnic que hay en la zona del Fort la Latte o bajar a la pequeña playa situada antes de llegar al castillo. Nosotros optamos por comer unas galettes y unos crepes de caramelo de mantequilla salada en la Crêperie Chez Annie. Comimos muy bien y tienen una terraza muy agradable.
Cancale: donde comer ostras frescas en la Bretaña francesa
Cancale es conocido por su mercado de ostras frescas y fue uno de los lugares más curiosos de nuestro viaje por la Bretaña francesa. Allí puedes comprar ostras de distintos tamaños y precios para llevar o comerlas al momento. Te las sirven abiertas en una bandeja y, justo al lado, hay puestos donde comprar una bebida para acompañarlas.
Lo típico es sentarse en las escaleras frente al mar, con vistas a los viveros de ostras, y comerlas allí mismo. Las cáscaras se tiran en los enormes montones que se acumulan junto a las escaleras, formando parte del paisaje. Mientras tanto, las gaviotas pasean entre las cáscaras esperando alguna oportunidad. Aunque no te gusten las ostras, creo que es una experiencia que debes ver.


Para comer hay numerosos restaurantes de marisco junto al puerto. Nosotros elegimos el restaurante Au Rocher de Cancale, a pocos metros del mercado. Fue una buena opción porque los adultos pudimos pedir marisco mientras que los adolescentes optaron por hamburguesas. Así, todos quedamos contentos. Además, probamos unos mejillones con salsa roquefort y patatas fritas que estaban buenísimos.
Al salir del restaurante nos llevamos una sorpresa. La marea había bajado por completo y el paisaje había cambiado totalmente. Quedaron al descubierto las explotaciones de ostras, cubiertas de algas y rodeadas de barro. Nos quedamos un buen rato observando cómo trabajaban los tractores entre las plataformas. A lo lejos, además, se distinguía la silueta del Mont Saint-Michel sobre el horizonte. Un espectáculo que convirtió la visita a Cancale en mucho más que una simple parada para comer ostras.


Dinan: una de las ciudades medievales más bonitas de la Bretaña francesa
Dinan fue una de las ciudades que más me gustó de todo el viaje por la Bretaña francesa. Es una ciudad medieval preciosa, con muchísimo ambiente y bastante gente, ideal para pasear, entrar en tiendas bonitas y acabar comiéndote un helado mientras recorres sus calles empedradas con casas de entramado de madera.
Nosotros aparcamos en este aparcamiento de pago de la Place Duguesclin, a lado del centro. También existe la opción de aparcar gratis junto al puerto, aunque ten en cuenta que el puerto está en la parte baja de la ciudad y luego te tocará subir una buena cuesta. Nosotros pasamos con el coche al marcharnos y nos dio pena no tener más tiempo para recorrer la zona del puerto porque se veía preciosa.
Qué ver en Dinan
El casco antiguo de Dinan está formado por un entramado de calles medievales llenas de casas de madera. Las plazas y calles que no te puedes perder son la Place des Merciers, la Place des Cordeliers, la rue de l’Horloge y la rue de l’Apport. En la rue de l’Horloge encontrarás una de las casas más curiosas de la ciudad, la Maison de la Harpe, una casa del siglo XVI que fue desmontada pieza a pieza de otro pueblo y reconstruida aquí en 1939. Otro de los edificios conocidos es la Torre del Reloj, a la que se puede subir pagando una entrada. En el interior se conserva uno de los mecanismos de reloj más antiguos de Europa. Se accede por el estrecho pasadizo de la Tour, que sale de la calle de l’Hortoge.
Una de las calles más famosas de Dinan es la empinada rue du Jerzual, que atraviesa las murallas y baja hasta el río Rance. Es una calle preciosa, llena de talleres de artesanos, galerías y pequeñas tiendas.

Nosotros nos quedamos con las ganas de recorrer las murallas porque durante nuestra visita estaban en obras. También puedes acercarte a la Tour Sainte-Catherine, una torre defensiva del siglo XIV que, por lo visto, tiene unas vistas muy bonitas del río, el puerto y el viaducto. Otro lugar para visitar es el castillo de Dinan, antigua residencia de los duques de Bretaña. Nosotros no entramos, pero es una de las visitas más populares de la ciudad. Y si viajas con niños, una buena opción es acercarte al Jardin des Petits Diables, donde hay un pequeño parque infantil, minigolf y algunos animales.
Mont Saint-Michel: cómo visitarlo paso a paso
El Mont Saint-Michel es el segundo lugar más visitado de Francia, solo por detrás de París, así que mentalízate de que encontrarás mucha gente, sobre todo en verano. Aunque este lugar icónico pertenece a Normandía, su cercanía con la Bretaña francesa hace que sea una visita que merece muchísimo la pena incluir en cualquier ruta en coche por la región. Las calles del Mont Saint-Michel son estrechas y empinadas y, en momentos de máxima afluencia, pueden llegar a resultar un poco agobiantes. Nosotros lo visitamos a finales de junio a media tarde y había gente, pero mucha menos de la que esperábamos. Por eso, te recomiendo evitar las horas centrales del día y optar por primera hora de la mañana o la última de la tarde.
Cómo visitar el Mont Saint-Michel
Lo primero que debes hacer es dejar el coche en el enorme aparcamiento de pago situado a las afueras. Allí hay un centro de información con lavabos y máquinas expendedoras de bebidas frías. Desde este punto salen unos autobuses gratuitos que te acercan hasta el Mont Saint-Michel en tan solo 12 minutos. Ten en cuenta que en temporada alta se forman largas colas. Otra opción es ir caminando, son un poco más de 30 minutos. Ten en cuenta que el autobús tampoco te deja en la puerta, sino a unos 350 metros de las murallas, así que igualmente tendrás que caminar.
A medida que te acercas, empiezas a entender por qué este lugar es tan famoso. Está rodeado por un inmenso paisaje de barro y arena que cambia completamente según la marea. Solo queda entrar en el Mont Saint-Michel y perderte por sus callejuelas. Si has llegado hasta aquí, te recomiendo muchísimo visitar la abadía por dentro y, sobre todo, comprar las entradas con antelación unos días antes. Puedes hacerlo desde la web oficial, o probar en el portal GetYourGuide por si hay alguna oferta. La visita es libre y permite recorrer criptas, salas históricas, el claustro, la iglesia y varias terrazas panorámicas con vistas espectaculares. Los niños menores de 18 años no pagan entrada.

Las mareas en Mont Saint-Michel
Después de la abadía, dedica un rato a pasear por el pueblo y, sobre todo, a recorrer el camino de ronda de las murallas. Es gratuito y desde allí tendrás algunas de las mejores vistas del entorno. Un consejo importante es consultar el calendario de mareas antes de organizar la visita. Nosotros no lo miramos, porque solo teníamos un día disponible y nos daba bastante igual ver la típica imagen del Mont Saint-Michel completamente rodeado de agua. Lo vimos rodeado de un paisaje casi lunar de fango, con personas caminando a lo lejos en medio de la inmensidad, y también nos pareció espectacular. Ten en cuenta que la bahía puede ser peligrosa debido a las arenas movedizas. Si quieres caminar por ella, lo mejor es hacerlo con una excursión guiada. Debe de ser una experiencia increíble.
En el interior hay pocos restaurantes y suelen estar muy concurridos, así que mejor no ir demasiado tarde si quieres comer allí.
Un lugar que tampoco te puedes perder es el famoso mirador de los meandros y las ovejas que aparece tantas veces en Instagram. Este es el punto exacto para conseguir la típica foto de los meandros del Mont Saint-Michel. Encontrarás una valla que puedes abrir, pero recuerda dejarla siempre bien cerrada al pasar porque hay una granja en la zona. Después, solo tienes que seguir caminando por el sendero hasta llegar a los meandros.
Fougères: uno de los castillos medievales más grandes de Europa
En Fougères hicimos una breve parada de camino a Nantes para poner punto final a nuestro viaje por la Bretaña francesa. Fue una visita rápida, pero nos sorprendió muchísimo. La ciudad está dominada por una enorme fortaleza medieval fundada en el año 1020 y considerada uno de los castillos medievales más grandes de Europa. Además, en la ciudad también se encuentra el campanario más antiguo de Bretaña, construido en 1397.
Nosotros dejamos el coche en este aparcamiento de pago cerca del castillo y fuimos directos a sus pies. Impresiona ver las enormes murallas elevándose sobre un gran foso lleno de agua. Rodeamos la fortaleza por la rue le Bouteiller, y antes de llegar a la calle que atraviesas las puertas de la muralla, a mano derecha hay unos jardines muy bonitos. Al fondo de estos jardines hay unas escaleras que conducen a un mirador que, para nosotros, tiene una de las mejores vistas de Fougères, donde se la estrecha muralla y el castillo de fondo. Esta es su ubicación para que sepas cómo llegar.

Después seguimos caminando por la muralla hasta llegar al casco antiguo y a la Place du Chateau, donde hay bares, tiendas y la entrada principal al castillo. Al lado se encuentra la Place Raoul II, desde donde sale el tren turístico de Fougères, una forma diferente de conocer la ciudad.
Nos quedamos con ganas de visitar el interior del castillo, pero teníamos que continuar hasta Nantes porque ya habíamos comprado las entradas para Les Machines de l’Île. Aun así, creemos que merece hacer una parada en Fougères, aunque solo sea durante un par de horas.
Qué ver en Nantes
Aunque actualmente Nantes pertenece a la región del País del Loira, históricamente ha formado parte de Bretaña. Fue nuestro punto de inicio y final de esta ruta en coche de una semana por la Bretaña francesa y, sinceramente, fue lo que menos nos gustó del viaje. Después de varios días recorriendo pueblos tranquilos y espacios naturales, volver a una gran ciudad se nos hizo un poco duro. Además, coincidió con el día que más calor pasamos.
Les Machines de l’Île, la actividad más famosa para hacer con niños
La visita principal que hicimos fue a Les Machines de l’Île, una de las actividades más populares para hacer con niños en Nantes, por lo que te recomiendo comprar las entradas con antelación, ya que suelen agotarse. Se trata de un proyecto artístico instalado en unos antiguos astilleros industriales que combina ingeniería, arte y fantasía mediante enormes animales mecánicos inspirados en el universo de Julio Verne.
El acceso al recinto es gratuito y allí podrás ver el famoso Gran Elefante, una gigantesca estructura mecánica que pasea por la explanada mientras mueve la trompa y lanza agua a todo el que se cruza en su camino. Verlo desde fuera es gratis, aunque subir en él es de pago y, sinceramente, nosotros creemos que no merece demasiado la pena. Otra de las atracciones es el Carrousel des Mondes Marins, un precioso tiovivo inspirado en el fondo marino. Justo al lado hay otro carrusel más pequeño y seguramente más económico.
También está la Galerie des Machines, donde se guardan las criaturas mecánicas. Nosotros teníamos unas expectativas diferentes y fue un pequeño chasco. La visita es guiada y de pago. El guía va explicando cómo funcionan los animales mecánicos y pide la colaboración de algunos visitantes para accionar ciertos mecanismos. Nosotros pensábamos que sería una visita más interactiva y libre, donde cada uno pudiera experimentar y manipular las máquinas a su ritmo. Además, la visita es en francés y no entendimos prácticamente nada. Sí que hay pases en castellano, pero cuando fuimos nosotros no había disponibles.
Para comer, te recomendamos Bioburger Île de Nantes, donde comimos unas hamburguesas muy buenas. Y, si te apetece un postre, justo al lado está Délicatessaine.

Principales lugares que ver en Nantes
A Nantes fuimos a última hora de la tarde, cuando ya refrescaba un poco, por lo que muchos lugares ya estaban cerrados. Nos quedamos con las ganas de entrar el Passage Pommeraye, la galería comercial más bonita y elegante de la ciudad, subir a la Torre Bretaña para disfrutar de las vistas panorámicas, visitar el Castillo de los Duques de Bretaña o pasear por el Jardín de las Plantas. Tampoco tuvimos tiempo de acercarnos a Trentemoult, el antiguo barrio de pescadores de Nantes, ni a Le Lieu Unique, el espacio cultural ubicado en la antigua fábrica donde nacieron las famosas galletas Príncipe. Sí que pudimos dar un paseo por la Place Royale y la Place Graslin, una de las plazas más bonitas de la ciudad, donde se encuentra el emblemático restaurante La Cigale, un precioso local modernista abierto desde 1895.
Para cenar, fuimos a este restaurante japonés por petición expresa de nuestros adolescentes y acabamos el viaje de la mejor manera posible: comiéndonos una crêpe de caramelo de mantequilla salada para despedir la Bretaña francesa como se merece.
Si dispones de más días, te recomiendo echar un vistazo a las actividades que se pueden hacer en Nantes. Encontrarás desde pases turísticos que incluyen las principales atracciones hasta visitas guiadas en español y otras experiencias para completar la visita a la ciudad.
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